Una fotografía, el lugar de trabajo, los contactos profesionales o incluso la forma habitual de comunicarse pueden parecer datos aislados e inofensivos. Sin embargo, al combinarse, permiten a los ciberdelincuentes construir perfiles detallados de sus potenciales víctimas y diseñar escenarios de fraude más creíbles.
“La identidad digital se ha convertido en una superficie de ataque”, señala José Amado, gerente de Identidades Digitales de SISAP. Según el especialista, este cambio implica que los atacantes ya no necesariamente comienzan vulnerando un sistema: en muchos casos, primero investigan a la persona que puede convertirse en la puerta de entrada.
“Si un atacante conoce dónde trabaja una persona, cuál es su posición dentro de una organización, quiénes son sus contactos o cómo suele comunicarse, puede construir un escenario mucho más convincente para engañarla”, explica Amado. La ingeniería social aprovecha precisamente esa información para convertir al usuario en el punto de entrada de un ataque.
La inteligencia artificial eleva el riesgo
La inteligencia artificial amplifica este escenario. Su capacidad para analizar grandes volúmenes de información y generar textos, imágenes, voces y videos personalizados permite desarrollar engaños más sofisticados y a una escala mucho mayor.
“La inteligencia artificial hace que este problema sea mucho más escalable. Antes, un atacante tenía que invertir tiempo en investigar a una víctima y construir un mensaje convincente; ahora puede hacerlo en mucho menos tiempo”, advierte el ejecutivo.
Por ello, detectar un fraude ya no depende únicamente de identificar errores ortográficos o mensajes sospechosos. “Ya no podemos depender únicamente de identificar un mensaje falso por cómo está escrito o por sus errores. Tenemos que preguntarnos qué información sobre nosotros pudo haber utilizado el atacante para construir ese escenario”, agrega.
La protección también comienza fuera de la empresa
Conocer la propia huella digital es un primer paso. Buscar el nombre en internet, revisar perfiles antiguos, verificar qué datos de contacto están expuestos y comprobar qué aplicaciones tienen acceso a la información permite identificar posibles puntos de exposición.
Para las empresas, el desafío es aún mayor. Deben fortalecer los controles de acceso, implementar autenticación multifactor, monitorear actividades sospechosas y proteger las bases de datos de clientes y colaboradores, que pueden convertirse en materia prima para nuevas operaciones fraudulentas.
“Las empresas deben asumir un papel activo y preventivo en la protección de la identidad digital de sus colaboradores y ejecutivos”, sostiene Amado. El riesgo aumenta especialmente en los perfiles con acceso privilegiado, cuya identidad puede convertirse en una puerta de entrada a información crítica.
La tecnología, sin embargo, no es suficiente. La capacitación de los empleados para reconocer intentos de suplantación e ingeniería social resulta cada vez más importante.
En un entorno donde la IA hace que los engaños sean más convincentes, proteger la identidad digital dejó de ser únicamente una tarea personal: es parte de la seguridad de toda la organización.







