Phishing 360: El fraude que se volvió multicanal y exige una nueva mirada

Por Javier Tepedino, Jefe de Seguridad de la Información de Banco del Sol

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El crecimiento de los servicios financieros digitales cambió para siempre la manera en que operamos. Hoy millones de personas realizan en segundos lo que antes requería trámites presenciales, turnos y formularios interminables. Ese avance democratizó el acceso, mejoró la experiencia y volvió cotidiano algo que hace no tanto era excepcional: administrar el dinero desde una app.

La magnitud de esta transformación se refleja en los datos del BCRA, que registró 647,7 millones de transacciones de pagos minoristas en pesos durante agosto de 2025. Al mismo tiempo, el organismo informó que 26,9 millones de personas tenían acceso conjunto a cuentas bancarias y de pago, lo que representa un aumento de 1,4 millones respecto de diciembre de 2024.

Pero mientras las operaciones se hicieron más simples, también lo hizo la capacidad de quienes buscan engañar a los usuarios. La expansión del ecosistema digital abrió más espacios de interacción y con ellos, más puntos donde alguien puede intentar hacerse pasar por una entidad o por un servicio oficial. Esa multiplicidad de canales es lo que, cada vez con más claridad, configura un nuevo escenario: un fenómeno que ya no es un mensaje engañoso aislado, sino un intento de fraude que se mueve en varias direcciones al mismo tiempo. Un enfoque que puede definirse como Phishing 360.

La idea es sencilla. El fraude dejó de tener una entrada única. Hoy puede llegar por donde llega cualquier comunicación cotidiana. El mail bien redactado que replica un diseño institucional casi perfecto (clone phishing), el mensaje de WhatsApp que parece legítimo (mishing), el perfil falso en Instagram que promete asistencia inmediata, el SMS urgente que alerta sobre un supuesto bloqueo (smishing) o incluso un código QR adulterado (QRishing). No es que todas las personas reciban todos los intentos, es que cualquiera puede recibir alguno, en cualquier momento y por cualquier canal.

Este cambio no surgió de un día para el otro. La inteligencia artificial aceleró procesos que antes demandaban tiempo y conocimientos técnicos. Lo que implicaba copiar un diseño a mano o imitar un estilo de redacción hoy se resuelve en segundos. Eso no volvió más vulnerables a los usuarios, pero sí hizo que los intentos de fraude se volvieran más verosímiles. Ya no es posible distinguir un engaño únicamente por cómo luce, porque visualmente puede estar impecable. Lo que se mantiene, en la mayoría de los casos, es el recurso de la urgencia: “haga clic ahora”, “su cuenta será bloqueada”, “resuelva en los próximos minutos”. Ahí está la señal más evidente.

Frente a este fenómeno más disperso, la respuesta del sistema financiero también cambió. La industria dejó de pensar la seguridad como un mecanismo de reacción y empezó a trabajar sobre un enfoque mucho más preventivo. La inteligencia artificial, la misma que facilita tácticas de fraude, se usa hoy para anticipar comportamientos inusuales, detectar patrones que no encajan con el historial de cada cliente y bloquear movimientos sospechosos antes de que se concreten. Esa capacidad de leer el contexto en tiempo real permite que una operación legítima fluya sin fricción, y que una operación dudosa encuentre un punto de control.

A eso se suman capas de protección que actúan de manera silenciosa: validación del estado del dispositivo para evitar que software malicioso interfiera, biometría reforzada que detecta intentos de suplantación, monitoreo continuo que identifica desvíos aunque la estafa se presente con apariencia impecable. Todo esto conforma un esquema donde la prevención no depende de una única herramienta, sino de muchas piezas funcionando al mismo tiempo.

A la par de estas herramientas, la concientización sigue siendo un pilar fundamental. Porque incluso con sistemas más robustos y mecanismos de prevención cada vez más precisos, el comportamiento humano sigue siendo un punto clave en cualquier estrategia de seguridad.

Por eso el desafío ya no pasa por señalar un canal de riesgo, sino por comprender que los intentos de fraude funcionan de manera distribuida. El Phishing 360 no es un concepto técnico ni un diagnóstico alarmista. Es una forma de describir una realidad que cada vez vemos más a diario. Cada plataforma que usamos para comunicarnos puede ser, ocasionalmente, un punto de entrada. Y la mejor defensa es anticiparse.

A medida que la digitalización siga creciendo, algo que es positivo y que continuará, este enfoque multicanal se volverá cada vez más importante. La seguridad no se construye desde un único lugar, sino desde la combinación de tecnología preventiva, procesos sólidos y decisiones informadas por parte de los usuarios. La clave no es desconfiar de todo, sino reconocer cuándo algo no encaja y tomarse el tiempo de verificarlo por canales oficiales.

El fraude evoluciona porque evoluciona la tecnología. La diferencia está en cómo respondemos a ese cambio. Entender el fenómeno como un “360” no significa verlo como una amenaza omnipresente, sino tener un mapa más claro para adelantarse a él. Y en un mundo donde todo sucede en segundos, esa anticipación es, más que nunca, la mejor herramienta de seguridad.

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